miércoles, 18 de abril de 2012

Reencuentro


Era un radiante día de marzo, de esos que piden nazarenos y cofradías a gritos, de cielo azul hiniesta y luz dorada como el oro viejo de los cíngulos carreteros, el Arenal no era un hervidero de gente y en las cales del Baratillo apenas se reflejaba el revuelo de los pocos valientes que se acercaban a retirar entradas para los días grandes de la liturgia taurina que por Pascua Florida vuelve a resucitar sobre el altar de albero del coso del Baratillo.
Así llegamos, cruzando por la calle Circo y nos encontramos una puerta pintada de almagra entreabierta por la que salían albañiles y no lo dudamos, entramos como si tal cosa y tras cruzar una puerta de forja, subimos por las escaleras y por una de las entradas de las gradas nos contemplamos frente a frente, tus arcadas hermosamente encaladas  y salpicadas de calimocha volvían a embrujarnos como tantas veces, era el reencuetro con aquel viejo amor que siempre espera, porque la vida pasa y ella siempre permanece, con sus silencios eternos, rotos sólo, por el sonido de los vencejos y así no pudimos más que recordar aquellas palabras que Jaime de Armiñan puso en los labios de Manuel Alvarez  "Juncal" e hicimos nuestra aquella jaculatoria hermosamente bella que nos retrotraía a ver como amanecía tras tu silueta desde la calle Betis una mañana de Feria:  “¡Buenos días, reina mía!

lunes, 20 de febrero de 2012

Un beso más allá de las estrellas

Pasan los años, casi veinte desde aquella aciaga madrugada, en la que te perdimos para siempre y el cielo ganó una estrella a la que buscamos cada noche para darte ese beso que desde entonces nos falta.
Ausencias que echamos en falta, cuando creemos buscarte reencarnada en la mirada de los que son sangre de nuestra sangre, igual que tú un día ya lejano posabas tu mirada en nosotros, que eramos sangre de tu sangre...
Tu ausencia no pasa, se acerca ese día en que cada año vuelvo a echarte cuanto de menos, porque no puedo reencontrarme con aquella bandeja de torrijas, mis torrijas, que sólo las manos de una abuela podían enseñar a las manos de una madre, para que cada año ese día yo no eche en falta tu ausencia.
Se que esta noche, cuando la pequeña Ana y María tengan un beso de buenas noches, como tantas otras veces yo en aquel 23, me acordaré de ti, de esa ausencia que nunca se llena, de ese rúan de Martes Santo que cada año vuelve en forma de medalla bajo una túnica bofetera, de esa Tú Esperanza, que contabas en aquel cajón rodeada de varas de nardos en Orfila y que cada Madrugada nos acompaña en tu medalla para ser siempre Nuestra Esperanza...
Tantos recuerdos se agolpan de ti, que tú ausencia no es ausencia, porque vives permanente y etenamente en nosotros, por eso esta noche cierro los ojos y como si te viera, vuelvo a ser aquel niño que vuelve del colegio y te encuentra, te abraza y te besa, con el mismo cariño que aquel niño hoy te  manda un beso más allá de las estrellas.  

jueves, 2 de febrero de 2012

El último gorrión de Viruta


Creo que fue allí, junto a Santo Domingo, entre aquellos muros centenarios donde siendo apenas un niño, tras salir de misa y aprovechando un descuido, mojé por primera vez mis labios con el oro pajizo sanluqueño.
Allí donde cada vez que llegaba a mi paraiso particular, tenía que ir, quizás buscando volver a ser lo que un día fuimos, aquel que se quedó con la mirada puesta en el atardecer que se perdía para siempre más allá de Salabar, perdido en aquel horizonte lleno de silencio del sur, más allá de la Barra, donde brillaba blanco y plata el barco del Arroz, mientras apretaba tu mano sabedor que lo único que quería era parar el tiempo, para no tener que pensar en volver y tenerte junto a mi eternamente.
Volver, para perderme por tus calles, para saborear la vida que se toma despacio, como pasa el tiempo entre tus calles, sin las prisas propias de la rutina diaria de la ciudad que me espera río arriba y así llegar de nuevo a la Habana para saborear una copa y dejar pasar el tiempo, como se pasaba el tiempo cuando eramos niños y nos perdíamos por tus calles para bebernos la vida, en aquellos viejos mostradores, donde se servían gorriones de Viruta.
Pero, ay, me dicen que cuando vuelva ya nada será igual, que aquel templo de nuestra vida habrá cerrado su portalón centenario y con él se llevará para siempre tantas historias, tantas generaciones, tantas conversaciones y tanta vida como se disfrutaba con una copa y unos amigos en esta Habana sin Fidel pero con Curro o Limeño y las fotos de los palanganas en las paredes, que ya no podré escuchar aquellas bromas de aquellos que en Sanlúcar llamaban caribñeos pues su vida transcurría entre Santo Domingo y la Habana.
Hoy, desde la distancia saco aquel viejo gorrión que conservo de tu vajilla raptada y lo lleno a falta de Viruta, de San León, para saborear el tiempo,que ya no podré disfrutar entre los muros centenarios de aquel lugar que se llamaba La Habana.

jueves, 5 de enero de 2012

Los renglones torcidos del Gran Poder


Habíamos marchado de la ciudad dejando pendiente esa cita cotidiana de despedir el año ante el Señor revestido de oro persa y con todo el aparato de su altar de quinario preparado para escuchar los sones de Eslava recordando el Lazo que une generaciones, esas que en otros tiempos sería la novena de Fray Diego tan cargada de aclamaciones de la tradición y de virtudes que tanto se sabían de memoria aquellas devotas de velos y trajes negros que se acercaban a la capilla de la Parroquia.
Habíamos marchado sin ni siquiera tener la posibilidad de musitar una oración de despedida ante el azulejo de la plaza que precisamente por esta fechas cumplirá cien años, costumbre aprendida de nuestros mayores cuando el templo estaba cerrado, y así con esa idea fija en el pensamiento, como si hubiéramos quebrantado algo tan nuestro y nos traicionáramos a nosotros mismos, recorríamos otras calles, otras plazas sabedores de que no íbamos poder cumplir nuestra costumbre.
Pero el Señor, aunque lo dudemos, siempre escribe derecho sobre renglones torcidos y quiso aparecer en el lugar más insospechado, en aquel azulejo del interior de aquella casa, justo en aquella plaza por la que tantas veces habíamos pasado y en lo que es peor, nunca habíamos reparado y así al verlo enmarcado en aquel "Jesús confío en Ti" recordamos aquello que nos contaban otros de encontrárselo frente a frente en lugares tan alejados de la ciudad como insospechados.
Pero aún quedaban más sorpresas, pues cuando el año ya se consumía en minutos, nos dieron un sobre que contenía una solicitud de ingreso en la hermandad para firmarla, el año se iba pero la presencia del Señor estaba con nosotros hasta el último momento, porque los renglones torcidos del Gran Poder son así y su dictado no entiende ni de tiempo ni de espacio.
Y es que para algunos serán casualidades, pero nosotros sabemos que no son tales, porque con sus manos se escribe el imperio de nuestras vidas.

martes, 25 de octubre de 2011

La casta de Chenel



Hoy cierro los ojos torero, y te sueño vestido de celeste y galón de oro, de goyesco en Antequera, aquel día de peregrinaciones cuando cruzamos la baja Andalucía, desde la marisma Almonteña hasta la serranía para ver encartelado aquella goyesca que algunos llamaron del centenario, mano a mano del arte -Antoñete y Curro- con Pablo Hermoso por delante, locura de Dorado que tras el resultado, tres orejas el de Madrid y dos y el rabo el de Camas, repitió al año siguiente con TV por medio cambiando al caballero por Rafael de Paula. (hemos dicho algo...) 
Carteles de un toreo que ya entonces eran remisniscencia del pasado, pura seda desenredada por un momento para volver a sentir, para volver a soñar, para creer sin ver, -que ya nada era lo que fue-, aunque todo tuviera el sabor impregnado de lo distinto, sabor añejo de una torería que no se aprende en las escuelas y que se pierde como el inefable humo del cigarrillo del torero en el callejón de una plaza de toros, aquel día en que nos tocó la lotería cuando Curro abrió el tarro de las esencias del arte y Antoñete dió un recital de pundonor y entrega en el que demostró la casta de los toreros que son simplemente distintos.
Hoy, como tantas madrugadas vuelvo a cerrar los ojos en tus infinitos silencios socarrones de madrugada de radio taurina, cuando tu voz era un asentimiento al periodista, y el maestro aún se agigantaba más cuando callaba eso que no decía, elegancia de otros tiempos, formas perdidas y querencias olvidadas.
Y vuelvo a mirar con los ojos del  niño ante el televisor, a aquel torero triunfante en las Ventas, cruzando el umbral de su plaza con los ojos cuajados de lágrimas en ese momento en que el torero era engullido por una multitud fervorosa que lo izaba triunfante para llevarlo hasta la misma gloria.
Esa gloria que contigo, torero se nos empieza a ir de las manos, y que sólo recuperaremos cuando visionemos el viejo video de la faena del toro blanco de Osborne en Madrid o aquella otra de la tarde del adiós de Manolo Vázquez, carteles de seda antigua que se quedaran para siempre en el cajón de nuestros recuerdos, donde se guardan tantas tardes de gloria, tantos carteles eternos y tantas madrugadas de radio. 
Quizás Maestro como alguien ha dicho te has cortado el mechón, porque la coleta era añadido y este era verdad, la verdad de la casta que se va contigo y de la que ahora disfrutarán las estrellas.

domingo, 9 de octubre de 2011

Ánimo Padilla, suerte torero

Juan José Padilla, es un torero que para bien de la fiesta no pasa desapercibido, acostumbrado a lidiar esos hierros de los que huyen las figuras, cuando ha tenido la oportunidad de bregar con esas otras ganaderias y con las figuras, pocas veces si, ya fuera por paisanaje y por imposición para que la figura lleve un torero por delante, siempre ha dado la cara.
Quizás para muchos no sea un torero de total agrado en los carteles, pero no es menos cierto que su amor propio lo ha hecho repetir en muchas ferias porque sencillamente ha salido a dar todo lo que estaba en su mano.
La imagen de Padilla, desmadejado, bajo las patas de un Miura y con el vestido de torear hecho trizas la hemos visto a menudo, como también hemos visto su sonrisa tras el esfuerzo cuando ha dado la vuelta al ruedo, con esas patillas de hacha de otros tiempos, con aquella montera con reminiscencia de Paquiro, siempre dispuesto al quite, siempre atento a la lidia, y hasta era capaz de sorprendernos con aquellas templadisimas verónicas de hace un par de años a un Miura en la Maestranza, aquel día que demostró a muchos que el Ciclón de Jérez también sabía torear reposado y con gusto, como sería aquella faena que hay quienes no la olvidamos.
No recuerdo haber visto a Padilla rehusar los palos, ni tan siquiera para el paripé de sacar a los banderilleros para que el público le reclame, siempre de frente, ayer no fue una excepción y un cinqueño de los santacolomas de Ana Romero al banderillearlo no sólo le partió la cara sino que puede que haya dejado secuelas para siempre en el torero jerezano. 
Sabemos que el Ciclón de Jerez no se rinde, vencedor de mil batallas, ya fuera en las plazas o en las enfermerías, y a pesar de todo siempre con la sonrisa, cuando aún nos duele en el alma las lágrimas de Abellán que eran el reflejo de las nuestras, en esta tarde en que se asomó a la arena la verdadera grandeza de la fiesta, sólo podemos rezar a Dios por el torero y por su familia y esperar que la Pilarica obre ese milagro que tantos esperamos. Ánimo Padilla, suerte torero.
Fotografia: Esteban Pérez Abión

miércoles, 5 de octubre de 2011

Tenía que ser viernes

Apenas quedaban unos minutos para que el viernes se vistiera de madrugada de sábado, cuando el llanto de la vida rompió en el paritorio de aquel hospital regalándonos la emoción de quienes te esperábamos como agua de mayo, para borrar dudas escondidas y llenar con tu mirada, aún inocente, las luces de nuestra existencia. Por que si hasta ahora, nuestra vida la marcaba el ritmo del corazoncito que llegó hace dos años, ahora, son vuestros dos corazones los mejores motores para seguir adelante.
En tu mirada perdida creimos encontrar las ilusiones renacidas y al mirar el reloj de aquella sala hospitalaria nos dimos cuenta de que era viernes, y recordamos que la última vez que estuvimos allí era martes, para algunos serán casualidades del destino pero para nosotros fue el recuerdo de una túnica persa, del alfa de la vida que nace en esta alta noche de viernes y empieza a buscar sin saberlo el omega del día postrero; tantas cosas que pasaran entre la Dulce mirada de un Martes y el Poder de un Viernes eterno, tenía que ser viernes, porque las cosas no ocurren de cualquier manera y desde entonces mi vida el Gran Poder de nuestras vida vela tu existencia, que no hay mejor ofrenda que poner la vida que  nace en las manos del Que todo lo Puede, el gran pilar de nuestras vidas, el mármol rojo de nuestras plegarias, el consuelo de nuestras penas y siempre la causa de nuestras alegrias.
Ya has llegado Ana, y contigo ha nacido ya, nuestra nueva primavera.